miércoles, 2 de febrero de 2011

Dos- El despertar

EL DESPERTAR

John volvió en sí zarandeado por Roberto y su mujer. El canadiense no entendía nada y recordaba la noche anterior a trompicones. La discusión con Yolenys, los celos, todo parecía haber ocurrido hacía años. El policía le habló del fuego, de la casa de Yoandri, le preguntó por qué quiso quemar la vivienda, mientras el viejo se debatía entre su dolor de cabeza y el mal humor que le estaba entrando ante la actitud del aquel mulato.

Tras la confusión inicial y unos cuantos insultos a todas las autoridades del mundo, el viejo empezó a recordar lo que había pasado la noche anterior: sus celos, sus ganas de matar a Yoandri, la casa, las llamas, la moto…

-¡Oh, fuck! ¿Cómo está Yoandri?
-Él está bien, chico –respondió su esposa-. ¿Qué pasó? ¿Qué tú hiciste que tienes esa cara?
El canadiense no respondió, se limitó a mirar al policía con expresión de derrota.
-Estaba borracho.
-Eso no es excusa, compañero. De todas formas, a mí lo que me interesa saber es por qué tú prendiste candela a la casa de tu compañero –le preguntó el policía.
-Yo estaba borracho y furioso, no la encontraba y creí que…
-¡Pero tú estás enfermo! –gritó Yolenys–. ¿Quién tú crees que eres para ir quemando las casas de la gente? ¿Es que no sabes las escaseces que pasa esa familia? ¿Es que querías matar a alguien? Lo tuyo no son celos, chico, lo tuyo es obsesión.

El canadiense, ese señor de 67 años, piloto retirado, curtido en mundo y aficionado a las mujeres jóvenes, rompió a llorar. Gimiendo como un niño pedía perdón y repetía que estaba borracho y que no lo volvería a hacer, que no bebería más. El canadiense, ese señor de 67 años, no paraba de llorar. Yolenys le abrazó como una madre comprensiva, hasta que Roberto interrumpió la enternecedora (o estremecedora) escena.

-¿Lo que usted me está diciendo es que eran puros celos? ¿Por eso prendió la casa de su amigo? –El canadiense pidió de nuevo perdón-. ¿No será que usted me está intentando engañar y que hubiera otra razón?
-¿Qué razón? –preguntó la mulata.
-Si no te importa, yo le estoy preguntando a tu marido. Tú ni siquiera deberías estar aquí, así que mantente callada, si eres tan amable -volvió a John-. ¿Entonces?
-¿Entonces qué?
-¿Seguro que fueron celos? ¿No había otro motivo? Un ajuste de cuentas, dinero… ¿Drogas?
-Yoandri y yo no tenemos ningún problema de dinero.
-¿Y de drogas?
-¿Drogas? No, por Dios. Yo no consumo drogas.
-Ya, pero igual las vendes, o te viste envuelto en el caso de tráfico que estamos tratando, sin que Yoandri González, te diera tu parte. Ante lo que tú decidiste quemar su casa en la que él, por supuesto, no estaba, porque ya se había escondido en otro lado. Pero sí que estaba toda la familia del muchacho.
-¿Cómo están? ¿Están bien?
-Las preguntas las hago yo, me oyes. Si tanto te preocupa cómo está esa gente más te valdría no haber quemado la casa. ¿Entonces?
-¿Entonces qué?
-No te hagas el bobo. ¿Qué me dices de la droga?
-¿Qué droga?

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