jueves, 10 de febrero de 2011

Cinco- Diana

DIANA

Pero había sido un error. Omar, esa noche, ya no tenía sentido. Diana era incapaz de seguir bebiendo y riendo. No podía ignorar lo que había pasado, lo visto, lo vivido.

No sabía qué palabras exactas le habían empujado lejos de allí. Fue la conversación de los chicos, que volvía por los caminos del futuro, de los lugares que les esperaban al salir, de los sueños. Entonces le pareció demasiado cruel todo, demasiado duro saber que no eran iguales ellos y ella, que su paseo terminaba y no tenía los ovarios para alargarlo más porque cuanto más tiempo pasaba entre esas personas más profunda era su convicción de que no querría estar en su pellejo y más difícil se le hacía salir corriendo sin más. O fue el tono que habían adquirido las voces, volviéndose graves.

Estaba allí y quería darles ánimos sin saber qué coño decir, con el único impulso de esconderse bajo la manta y dormir hasta que llegara el día y el momento de marcharse.

Quiso ser una viajera y adentrarse en la auténtica Cuba de Fidel y necesitaba salir como una turista, rápido y sin sudar, con todas las comodidades y la mayor eficiencia.

No aguantó más. Se iba. Omar quiso besarle como despedida. Ella aceptó su beso porque no encontró una respuesta mejor. Luego se adentró en las calles de tierra y trozos de asfalto y caminó rápido, sin mirar atrás, ni a los lados, ni siquiera delante... como si con los ojos pudiera cavar agujeros en los que cobijarse antes de romper a llorar o de que rompiera a llover.

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